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11 mayo, 2012 Comentarios (0) Visitas: 1118 Escena

Cuando se baja el telón

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Siempre se ha dicho que las artes escénicas viven en una constante crisis, pero el panorama actual nada tiene de superfluo ni de referencia a refranero. Numerosas compañías y teatros comienzan a asfixiarse por los recortes a la cultura, y los impagos de cada vez más ayuntamientos, endeudados hasta los dientes, hacen insostenibles las giras, verdaderas amortizadoras de la producción de los montajes.Si existe un nuevo Lope de Vega, será como decía Leo Bassi, un camarero que sufraga con su sueldo los ensayos de una obra destinada a estrenarse en una casa okupa. A mucha honra sí, pero debido a un contexto de empobrecimiento profesional que ya ha comenzado a poner en riesgo el talento y carácter creativo que, paradójicamente, sobra sobre las tablas españolas.

Subrayo paradójico porque nunca se habían estrenado tantas obras en salas tan diferentes con una asistencia tan constante de público. El dato, lo señalaba la última encuesta de hábitos y prácticas culturales, elaborada por el Ministerio de Cultura a fines del año pasado. A pesar de la crisis, el consumo cotidiano de la población se mantenía en un 40 % y los adeptos teatrales alcanzaban casi el 20 %. Sin embargo, estos esperanzadores resultados no mostraban más que una cara de la moneda y no lo que pernoctaba entre las bambalinas escénicas.

La brecha económica ha alargado día a día la sombra de la incertidumbre. Que un director como Miguel del Arco, ganador de cinco Premios Max con Veraneantes, tuviera que anular los bolos de esta obra por los pagos no recibidos de varias de sus funciones en teatros municipales, resulta grotesco. En la misma disyuntiva se encuentra el productor y escenógrafo Andrea D’Odorico. Los gastos crecen como malas hierbas. A la suma de los impagos, se le añade la inversión realizada para acometer el espectáculo: dietas y viajes del equipo, pero también el IVA que han de pagar a la Administración aunque no hayan recibido ni un euro de taquilla.

El curtido productor Jesús Cimarro confiesa que los consistorios le deben más de un millón y medio de euros. Él mismo ilustra los vaivenes que viven también las citas teatrales con su nombramiento como director del Festival de Teatro Clásico de Mérida. La muestra externaliza por primera vez su gestión en 55 años de historia con un déficit millonario a su espalda por un cúmulo de irregularidades sonrojantes. Los excesos y las gestiones devastadoras se cobran ahora las consecuencias y otros certámenes como el Temporada Alta de Girona y Salt no saben cómo subvencionarse mientras La Mostra das Artes Escénicas de Galicia ha perdido dos tercios de su presupuesto y las compañías locales ven en peligro su supervivencia.

El grueso de intérpretes en paro parece crecer preocupantemente, sólo hay que echarle un vistazo al directorio de actores creado por la directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que en escasos meses ha reunido más de dos mil candidatos. Circunstancia que también viven escenógrafos y técnicos. Noticias que creeríamos imposibles se convierten en el pan de cada día como que un templo vivo, El Liceo catalán, anunciara reducción de plantilla y la cancelación de títulos previstos desde principio de temporada.

El teatro, la cultura, iluminan en tiempos de crisis, cimientan la esperanza, propagan el optimismo. Pero son los primeros en pagar factura. ¿Cuándo se tocará techo? ¿Cuánto afectará a la calidad de las producciones? ¿Qué modelo habrá de seguirse? La pendiente de la subvención se ha vuelto más inclinada y hasta parece que el espectador está subvencionado. Ya lo cantaba Paloma San Basilio y permítanme la metáfora. La fiesta terminó. Aunque siempre termine mal para los mismos.

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