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3 marzo, 2018 Comentarios (0) Visitas: 3117

La abstracción del hogar de Ricardo Wiesse

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La pintura es una cosa que nace en el estómago. Nace ahí y después vertebra la identidad del que pinta. Se extiende por su pecho, por sus brazos; incluso divaga más allá de los dedos, hasta posarse en el lienzo conveniente. Es el caso de Ricardo Wiesse, que se dedica a la pintura porque la pintura es lo que él es. Se sienta, nervioso, con las manos entrecruzándose la una con la otra, el ceño fruncido y la sonrisa amplísima, como queriendo invitarte a entrar en ese mundo que él despliega, el mundo que vive en sus pinceles. Su exposición Vallejo y otras tintas, dedicada en parte a la obra del poeta César Vallejo y ubicada en la Galería Modus Operandi de Madrid, constituye la primera ocasión en la que el artista plástico peruano presenta su obra en España. Un país que llevaba décadas sin visitar.

Dice Bruce Springsteen que lo más importante en un artista es la historia que tiene que contar. El discurso. La articulación de un universo propio y el desarrollo continuado de una mirada que ofrezca nuevas perspectivas. Si hablamos de Ricardo Wiesse, podemos estar seguros de que hablamos de alguien que cumple a rajatabla esta condición. No solo en su relato, en aquello que vertebra el contenido de su obra, se encuentra su discurso; también está presente en su estilo. En su forma de pintar, en la selección de la abstracción como forma de expresión. La abstracción forma parte de Ricardo Wiesse de la misma forma que lo hace Perú. De la intersección entre ambas nace aquello que pinta.

De esta profunda conexión que el artista tiene con su país nace su fuerte compromiso político. Él dice que todo arte, ya sea de una forma más o menos obvia, es político a fin de cuentas. Lo es por su beligerancia, porque el arte que él concibe es uno capaz de sacudir las cosas, de removerlas, de despertar las conciencias de algún modo aportando lucidez. Y eso es lo que busca cuando crea: ser un conducto para canalizar las cosas, las mismas que no sabría explicar con palabras pero que fluyen a través de su pintura. Las mismas que contaba Vallejo en sus poemas.

Se remonta a 1995 para recordar su acción Diez cantutas en Cieneguilla, en la que quiso desenterrar el dolor dejado atrás por la masacre de La Cantuta, en la que un profesor y nueve estudiantes universitarios perdieron la vida a manos de fuerzas paramilitares peruanas. Explica que, en aquella ocasión, sencillamente sintió que necesitaba meterse de lleno en la discusión. “Notaba cómo las muertes de aquellos estudiantes pesaban en el ambiente, pero nadie se atrevía a hablar, a ser el primero en cuestionar lo inhumano”. Fue como abrir una lata. Los olores empezaron a brotar en todas las direcciones, y no tardaron en llegar hasta él las críticas. De todos modos, Ricardo Wiesse tiene claro que él no pinta para contentar a nadie. Pinta porque eso es lo que es. Y si fuese de otra forma, no tendría sentido dedicarse a la pintura.

Por aquí gira y empieza a hablar de cómo, en la actualidad, muchos jóvenes artistas son exprimidos para crear un discurso común, como si el arte estuviese canalizándose en un sentido institucional, obteniendo a cambio la contraprestación del éxito asegurado. De todos modos, tiene claro que la batalla -o comunión- entre el arte y el poder no es algo nuevo, y que el primero siempre ha sabido escurrirse entre los dedos impregnados de vaselina del segundo. Hay arte para el poder y arte contra él; es en esa contradicción burbujeante en la que nacen las cosas que realmente merecen la pena.

Del discurso de Ricardo Wiesse se pueden extraer, como piedras angulares, dos cuestiones: la rebelión y el amor por la tierra. Su serie de pinturas inspiradas en los azules de César Vallejo -cada una trazando su parábola alrededor de un poema suyo que contenga o se refiera a la palabra azul– así lo reflejan: en su obra late la emoción, el sentido de pertenencia. “También soy capaz de empatizar con cuestiones más universales, pero lo que yo más siento es el Perú”, afirma. En su abstracción se encuentra su hogar. Todas esas formas no figurativas que él reconoce al instante, sin necesidad de materializarlas verbalmente. “Existe una tendencia en la actualidad en la que parece que a todo hay que buscarle una explicación, como si las palabras fuesen el único lenguaje válido“, sentencia.

Así que en la deformación de un mundo ya deforme es donde vive Ricardo Wiesse, un artista andinamente romántico, nostálgico y peruano hasta el esternón. En la impresión de que el arte es una ventana hacia nuevas formas de entender la tierra y, cómo no, de llegar a comprender algo mejor quiénes somos nosotros mismos. Si es que eso es siquiera posible.

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