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29 enero, 2016 Comentarios (0) Visitas: 1293 Escena

El Ballet de Silicon Valley saca a bailar a los madrileños

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Nervios, muchos nervios e imprecisiones, esa fue la tónica general en el estreno del Ballet de Silicon Valley el pasado 28 de enero en los Teatros del Canal. En su primera gira europea, la compañía dirigida por el ex-bailarín principal cubano del American Ballet Theatre, José Manuel Carreño, ha presentado un programa que, si bien se presiente como todo un reto, acaba siendo un vaivén de bailarines que, durante dos horas, ejecutan sus coreografías sin aportar nada nuevo. Eso sí, se quedaron con todo el público con la mágica Minus 16, de Ohad Naharin.

Y es que empezar una velada con el paso a dos de El Corsario es atrevido, y mucho. Pieza con la que se suelen cerrar las galas por su virtuosismo, y para el puro lucimiento de los bailarines, en este caso no fue del todo así. Alexsandra Meijer y Zunyuan Gong no estuvieron muy finos, prácticamente, en ningún momento de este emblemático paso a dos, dejando al público bastante frío al terminar su ejecución, cosa muy poco habitual.

Si Meijer tuvo problemas con todos los giros, tanto en sus diagonales, como fouettés, e incluso con sus pirouettes con su partenaire, éste directamente careció de limpieza técnica. Como saltador hizo un papel algo decente, pero se veía totalmente difuminado a la hora de los aterrizajes, donde, igual que a su compañera, se le vio bastante inseguro e impreciso. Vamos, que al final, el que podía haber sido un inicio explosivo se quedó en una intentona de paso a dos vacuo y confuso.galevento_1870_18122015

A continuación, como si se tratara de una pequeña guía de la historia de la danza, Carreño programó Glow-Stop, de Jorma Elo. Éste si fue uno de los detalles más relevantes de toda la velada, el intento del ex-bailarín en contar en dos horas cómo ha evolucionado la danza en el último siglo, desde el clásico más puro, hasta el contemporáneo más rabioso. Y es que este Glow-Stop es una pieza claramente influenciada por Balanchine y que sigue el estilo coreográfico de William Forsythe. Un detalle un tanto desagradable fue el vestuario. Terciopelo rojo y un diseño que ‘hacía gordo’ a cualquiera, incluso a un bailarín de ballet.

La compañía siguió la línea irregular marcada por sus compañeros, donde la simetría brilló por su ausencia en parte de la pieza. Aunque, se ha de decir, que si bien coreográficamente tampoco era nada del otro mundo, la pieza y los bailarines mejoraron muchísimo cuando la música de Mozart cambió por el actual minimalismo de Philip Glass. Una partitura tremendamente emotiva, de la que es muy fácil sacar partido y con la que atraer la atención del público.

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Tras esta pieza, vino la mejor parte del programa, Prism, de Annabelle López Ochoa, y la ya emblemática Minus 16 de Ohad Naharin. Y es que la compañía se desenvolvió mucho mejor en estas piezas de corte más contemporáneo.

Fue muy interesante el concepto del vestuario de Prism que, pese a su sencillez, hacia un jugaba con el nombre de la pieza. Y es que el vestuario estaba basado en el uso de colores primarios, secundarios e incluso alguno terciario, que son fruto de la descomposición de la luz al pasar por un prisma. Porque, al final, la luz y el color fueron los elementos capitales de esta obra, que hicieron que el público madrileño comenzase a animarse.

Pero la reina de la noche fue Minus 16, creada por Naharin en 1999 que, ante todo, busca la interacción y la participación del público. Un público que incluso llega a subirse al escenario para bailar con la compañía durante una de los pasajes de esta composición.

Y es que, gracias a su energía, empeño y una coreografía tan jovial y juvenil, el Ballet de Silicon Valley consiguió meterse en el bolsillo al público madrileño. Un público que vitoreó, aplaudió y rió con los bailarines y sus movimientos improvisados al ritmo de una música de lo más ecléctica, desde el clásico Sway a la música más maquinera, pasando por otras tradicionales de origen hebreo.

Una pieza de lo más estrambótica, que consiguió que los asistentes olvidasen todos los fallos e incorrecciones de las que esta compañía hizo alarde durante toda la velada. Una noche que algunas personas recordarán como aquella en la que recibieron su primera ovación sobre un escenario. Abueletes, mujeres de todas las edades, jóvenes, con arte o sin arte, todos tuvieron su hueco en el escenario de los Teatros del Canal, salvando así el estreno del Ballet de Silicon Valley en la capital.


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