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28 febrero, 2020 Comentarios (0) Visitas: 346 Letras

Álvaro Piedelobo, el escritor que conecta físicamente con el lector

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De izquierda a derecha: Nuria Herrera, Natalia Deocón, Álvaro Piedelobo y Pablo Urizal
De izquierda a derecha: Nuria Herrera, Natalia Deocón, Álvaro Piedelobo y Pablo Urizal

Bullicio. Personas deambulan sin un rumbo fijo. De un lado para otro. Como cada domingo. En la plaza de Cascorro, una encrucijada de caminos convergen en la estatua de Eloy Gonzalo. La columna vertebral de El Rastro madrileño.

Cuesta abajo y con un saco lleno de bártulos, un joven despliega una silla y una mesa en una esquina colindante. Extiende un cartel. “Dame el tema, yo escribo el poema”. Coloca el instrumento de trabajo sobre el escritorio. Una máquina de escribir Royal. Y cada letra empieza a sonar. Un feedback auditivo. Clac. Clac. Clac. El sonido de las teclas estrella contra el papel y deja grabados.

-Tengo como ritual el escribirme unos versos a mí mismo antes de empezar.

Recién cumplido el cuarto de siglo, el madrileño Álvaro Piedelobo vive por y para la poesía. En la jornada del mercado dominical sus manos bailan una coreografía que atrapa a viandantes heterogéneos. No es el único ni, por supuesto, pionero en este oficio. Este trovador del siglo veintiuno anhela vincular al poeta con el transeúnte. Partícipes en el acto de creación, los individuos lanzan el concepto. El resultado: una experiencia creativa entre dos desconocidos.

-Cuando llega una persona ya te está transmitiendo información con la mirada. La propuesta no es tanto el tema ni la palabra, sino cómo lo comunica. Tú puedes decir ‘amor a distancia’ bajo una sonrisa o ‘amor a distancia’ con voz afligida.

Poetas callejeros

Mientras que el creador literario compone sus piezas artísticas, los clientes pasean por los puestos contiguos y ojean diversos productos. Hipsters. Familias. Ancianos. Curiosos que se aproximan a la mesa del joven. Tic-tac. Tic-Tac. El tiempo de creación de los versos apenas supera los cinco minutos.

-La capacidad creativa de hacer un poema al instante es algo extraordinario. Pero existe algo más allá de todo esto. Una conexión entre la persona que te pide la obra y quien lo escribe. Yo nunca me quedo en blanco. No porque sea un genio ni nada por el estilo. A través de mí, pasa la intención sensitiva de la persona y la máquina es la fuente de expresión. Es un nexo mágico.

La propuesta de temas poéticos es menor pasada la hora de comer. “Ahí ya puedes mirar a tus compañeros”, declara Álvaro. Percusión africana. Melodías pegadizas. Ritual de cierre de cada domingo en el Rastro.

Desorden Versificado y Soledades son los dos libros autogestionados por Álvaro Piedelobo. Y autoeditados. El escritor selecciona el profesional que maqueta el trabajo. Elige la tipografía. La imprenta. Las librerías independientes donde pone a la venta los poemarios, además de los espacios en los que presenta las obras. Rehúye de las editoriales.

-Yo soy muy feliz en la autogestión. Tengo contacto directo con las personas a las que le llega mi poesía. No quiero ser famoso. Me parece que el camino que estoy siguiendo puede llegar a todos los lados. No a tanta gente, pero sí a un público muy concreto y puro.

Una de las razones por las que Piedelobo evita el contacto con las editoriales es la pérdida de elección en cuanto a las plataformas en las que vender sus obras. La fortuna de un literato respaldado bajo una editorial es ínfima. Los porcentajes de reparto de la venta de un libro para un autor oscila entre el 8 y 12% del total facturado. En ocasiones, los escritores de best-sellers alcanzan el veinte.

El reparto completo del círculo se raciona entre tres eslabones. La empresa literaria recibe entre un 25 y 30% del beneficio, sin contar los gastos de diseño e impresión. Por su parte, la distribuidora, adquiere el porcentaje más elevado: el 35%. Por último, el punto de venta ocupa un espacio notorio. La librería independiente cosecha entre un 25% y un 30%, pero si se trata de una cadena o gran superficie puede llegar a asumir el porcentaje del 45%. El cálculo final se realiza sobre el precio de venta del IVA, un 4%.

Resistencia. Unido al desarrollo sostenible. Piedelobo es solo uno de los ejemplos donde frente a la inmediatez de adquirir un ejemplar en menos de veinticuatro horas en el domicilio, prima la cercanía entre el autor y el lector. Y es que este tipo de acciones menudas reconectan con lo físico y humano, algo anhelado en esta época posmoderna.

Máquina de escribir de Álvaro Piedelobo
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